Otoño 2020: 2 recuerdos

PASEO DE BAÑO DE BOSQUE EN EL NACIMIENTO DEL RÍO SAN MIGUEL (domingo 11 de octubre)

El nacimiento del Río San Miguel desde el Puerto de Angulo

Otoño y lluvia

No era, desde luego, un lugar cualquiera. El nacimiento del Río San Miguel, en el Puerto de Angulo, Donde se junta la Sierra Gorobel o Salvada, con la Sierra Carbonilla y los Montes de la Peña, es un lugar muy especial para hacer un Baño de Bosque. Ni el día tampoco lo era. La lluvia nos acompañó desde el primer paso. Así que mi obligación es reconocer la entrega de mis acompañantes. No hubo ni asomo de duda o vacilación. Adelante.

La contemplación de aquel salto de agua actuó como un imán sobre nosotros. Queríamos ver de cerca el origen de aquel estruendo cósmico.

El juego de haikus:  Durante el paseo una de las invitaciones que hice fue esta:

“Os propongo un juego literario”. Leímos algunos haikus originales como este de Matsuo Bashó:

Por sendas de montaña

Encontré algo sublime:

La silvestre violeta.

O este otro de mi amigo Rodolfo Hoyuelos:

La mujer borda

sueños. Brota una flor

entre la seda

Y así, junto al torrente, cobijados bajo una gran haya, surgieron algunos como estos que puedo recordar:

 Haya                                                                          Gotas de lluvia en mi capucha,

paraguas natural,                                                    tambores de otoño

no tapas de la lluvia,

pero da igual

El ocre de las hojas. 

   El verde del suelo. 

  El blanco de la espuma.  

  El gris de la niebla.

 Son el comienzo de una historia

 sin final.

Los mapas de sonidos:

 Esta fue otra de las invitaciones de aquel baño de bosque bajo la lluvia. No habíamos podido entrar en la Cueva de San Miguel el Viejo. El río llevaba demasiado caudal en su nacimiento y los vados estaban peligrosos.

Como compensación, la lluvia cesó, se abrió un claro en el cielo y lució el sol durante un rato. Esta fue la señal para realizar “los mapas de sonidos”. La gente se acomodó en piedras y troncos. Sacó de su mochila el cuaderno y los materiales de pintar y nos pusimos manos a la obra con aplicación.

Se trataba de, con los ojos cerrados, como si fueras un sismógrafo, o un desfibrilador, convertir en líneas, puntos, manchas, figuras…. los sonidos, los impulsos sonoros que tu cerebro recibía.

Estos fueron algunos de los resultados: 

ruTA MONTAÑERA. cIRCULAR AL CASTRO VALNERA (25 OCTUBRE 2020)

Se trataba de una visita necesaria. ¿Como resistirse a visitar a un amigo al que se añora? El otoño en el valle del Bernacho es de una belleza serena que invita a quedarse. Invita al retiro o a compartir en silencio el portento del cambio en el ciclo de la naturaleza: verano, otoño, invierno…

Habíamos elegido subir por la arista del Torcaverosa. La misma que siguió Unamuno 111 años atrás.

 La ascensión para mí tuvo calidad de combate.  Primero, porque el sendero ha sido invadido por el brezo por falta de uso. Segundo, porque más arriba del collado de la Piluca la niebla y el viento del oeste no dieron tregua.

El paisaje: no nos pertenece. La montaña y el bosque escapan a nuestra capacidad de retención.  Solo unas pocas personas logran traducir el asombro en palabras, en literatura, en música, en imágenes. Para la inmensa mayoría, mejor permanecer en silencio.

Sin embargo, es difícil resistirse a sacar el móvil y tratar de robar unos instantes de paisaje.

Desde mi última excursión al Bernacho, el Castro Valnera ha descuidado su aspecto, como suele ocurrirles a quienes viven en soledad demasiado tiempo. De vez en cuando hay que tocar al timbre de los viejos amigos para saber cómo les va. En el Castro, algunos caminos por donde antes pasaban el ganado y los montañeros han quedado ocultos por la vegetación al no transitarlos nadie. Se oyen cencerros a lo lejos, pero ya no hay tantas vacas allá arriba, y las sendas que dibujan sus pezuñas, útiles para ascender por las laderas, están desapareciendo bajo el brezo.

Lo que no ha cambiado es el clima. El cielo despejado deja ver el mar, pero desde la arista de Torcaverosa también son visibles a mediodía jirones de niebla en torno a la cumbre. Es la seña de identidad del Castro. Al final de la ascensión, el paisaje se esfuma. Gotas muy finas impregnan la ropa y el cabello del montañero, que se siente atrapado en una especie de estancia helada de contornos difusos y un tono gris metalizado. Sin embargo, los colores del otoño reaparecen en el descenso, cuando las rodillas y las plantas de los pies sufren por la rigidez de las botas viejas. El ocre, el oro y el rojo de los bosques son un bálsamo para las molestias del caminante.

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