VALPUESTA


Hay lugares en los que la Historia se acrecienta. Lugares en los que ha sucedido de todo a lo largo de los siglos, que no han podido sustraerse a ninguno de sus avatares. Es el caso de Valpuesta. Un pueblo recóndito, pequeño y despoblado hoy.

Más allá de los grandes sucesos, hay también historias de gentes sencillas y anónimas cuyo rastro en la vida, no aparecerá en los registros y no trascenderá más allá de la memoria de los que les conocieron .

Pues bien, si hablo de Valpuesta y -de una forma que no acostumbro en este blog – es porque la he descubierto recientemente andando por el GR1. Cuando el valle se abrió y pude ver su torre sentí que retrocedía en el tiempo y me ví como un peregrino medieval. Pero escribo también, por Julio, porque su historia me emocionó y me parece llena de mérito. Mérito que comparte, desde luego, con todos las mujeres y hombres que han devuelto la vida a Valpuesta.

Casas restauradas con respeto y mimo

Según me contó él mismo, hace cuarenta años llegó por casualidad a este lugar buscando aliviar en este clima seco el asma de su hijo y como la mejoría era evidente decidieron buscar casa y acudir desde Bilbao fines de semana y veranos. Como era la época en que “tener casa de veraneo” era el sueño de muchas familias, otros llegaron a Valpuesta del mismo modo y el pueblo recuperó la vida. Sólo hay dos personas vivas nacidas en Valpuesta, pero viven en Vitoria. Los actuales dieciséis habitantes de Valpuesta son todos foráneos.

Detalle del retablo renacentista atribuido a Felipe Bigarny

Pero ¿cómo iban aquellas gentes a permanecer ajenas al influjo de un lugar tan cargado de historia? Además de reconstruir sus casas, pusieron manos a la obra para desescombrar y rescatar de entre los escombros todo el patrimonio artístico que sobrevivió a incendios y saqueos y lo más importante: con su iniciativa y constancia han conseguido que las instituciones: la Junta de Castilla y León haya puesto en marcha obras y planes de restauración (hoy la cubierta y el claustro están renovados) y la promoción de Valpuesta como origen del romance castellano (anterior, incluso,  en un siglo a las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla). En este aspecto conviene destacar la labor del historiador alavés Saturnino Ruiz de Loizaga en el estudio de los Cartularios de Valpuesta.

Claustro gótico

Julio y sus vecinos llevan años asumiendo el trabajo de cuidado de los tesoros de Valpuesta y también el de darlos a conocer. La llave pasaba de casa en casa y guiaban a los visitantes en un recorrido por la historia que empieza – nada menos- en el año 804 cuando el rey asturiano Alfonso II el Casto encargó al obispo Juan la fundación del obispado de Valpuesta cuando de Castilla aún no existía ni el nombre.

Pero todavía hay algo más por decir: en casa de Julio van a ser ya tres generaciones de valpostanos de adopción comprometidos con recuperar su patrimonio histórico.

Julio y su nieta Mara

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